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martes, 25 de noviembre de 2008

Favor de terminar:


Siempre hay una forma y un fondo detrás de cualquier conversación. Por menos indeleble que parezca, de todas maneras el resultado entrará al conteo no importando la intención con la cual el llamado fue atendido. Me caracterizo por por ser el receptor oportuno de la maniática suerte, el cliente predilecto de las preseas en patines; y esto, no lo tomes como oportuna indulgencia de publicidad, tómalo más que nada como caótico vaso old fashion atascado en hielos y revestido en sudor whiskiriano, si es que tal término existiera entre nosotros.


Hablábamos pues de la forma y el fondo, diferenciándolos entonces, como Viruta y Capulina. Es que de verdad ¿están tan separados?, ¿por qué ponerles ´comas´ a las prosas si sabemos que hay alguien que en algún momento las detecta crudas?


La forma es silueta y el fondo olor a sexo consumido, no me pongas trabas en el campo abierto porque sabes que le daré la vuelta sin chistar... ¿para qué te comes los segundos si tienes presente que soy un bulímico del tiempo? Soy pecado en misa y vituperio en oración, ¿acaso no te excita saberme fuera de control con una monja bajo mi sotana que conseguí en tales cielos corruptos?


La forma palidece con sus tantos códigos de comunicación tan aburridos y burócratas, más el fondo se hace coyote entre las filas de lo que quisiera ser intraspasable, más se vienen proyectando miles de veces, más facil de violar que esa puta, mal llamada puta, tan solo por el hecho de cobrar; te lo aseguro, ella es mas sincera entre las sinceras, pues solo coge por dinero, no por la duda, ni por el sentimiento, al fin y al cabo el sentimiento siempre se acaba.... Que levante la mano el que diga y demuestre un sentimiento eterno; No, queridos aferrables, el sentimiento tiene fecha de caducidad tal cual Tetrapak de leche Lala: (Favor de terminar este escrito: ____________________)

De cables

¡Puta madre! otra vez no sirve mi celular. Hay 2 cosas en las que no confío cuando no tienen cables:

Los teléfonos y las marionetas.

La cuerda floja

Uno siempre anda en busca de aliados, pero no de prepagados confesores fácilmente sobornados con ese dejo de pudor tan devaluado en estos días, sino de ellos, a quienes les encanta tomar pretenciones envueltas en sábanas de peligrosos rigores futuros con salidas tantas como las patas de un mil piés.

Aclarar el silencio es mucha cosa, pues entre tanta calma siempre habrá de notarse ese blanco entre frijoles. Así pues, los diabólicos confesores, prófugos del estático "¿qué pasaría si...?" pero presos todos ellos del eterno movimiento de los resultados anacrónicos me resultan más familiares y más confortantes para andar bailoteando sobre brasas y remembranzas con una chela entre las manos, es entonces que, ya entrado en copas me da por jugarle al vivo en el sobrevaluado cementerio meditativo, sobre la cuerda floja de lo que podría pasar, siempre avanzando, al cabo y al fin, para donde caigas te puedes romper la madre o solo la muñeca. Nadie sabrá eso sino hasta escuchar que realmente te estás cagando del dolor, o tal vez hasta te aplaudan y se avienten los que vienen detrás de la fila porque te han visto caer no como costal de papas sino con piruetas propias de gato entrenado.

En fin, se sobreestima el futuro. Aunque me queda claro que allí pasaremos los próximos días, me pongo mis pantalones cortos y con una Tutsi Pop en la izquierda pretendo jugarle una mala pasada al destino, porque, por muy infantil, pendejo o valemadres que uno quiera ser, nunca está de más tensar un poco esa cuerda tan floja aprovechando que el destino te está amarrando las agujetas. Con la derecha le doy el estirón a dicha cuerda no sin antes colocar un chango brincolín del otro extremo de la misma. Una vez superada una meta, hay que ponerse la que viene, sino para que chingados entraste al juego.